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Reconozco que la organización me encanta, disfruto pensando rutinas, probándolas y volviendo a reestructurarlas para mejorar. Las rutinas hacen que pueda hacer parte de lo que quiero hacer, obviamente menos de lo que me gustaría, pero hacen que me sienta activa, útil y me reconforta cuando me doy cuenta de lo que he hecho, por mínimo que sea. El estrés, el nerviosismo o enfadarme, me agotan y cansan más de lo que probablemente merece la situación, así que procuro evitarlos, respirar hondo y contar hasta mil si hace falta.

Estas semanas, con dos hijos y sola por las mañanas esa organización es fundamental e imprescindible para que todo vaya bien, incluso para que mi cuerpo responda de la mejor manera posible dentro de sus posibilidades. Siempre tengo una premisa en mente: «invierte energía en lo que realmente importa, sino, cambia la forma de hacerlo o no lo hagas». Y eso es lo que he ido aprendiendo estos días:

  1. Conocer tus limitaciones: ser consciente precisamente de eso, de las limitaciones de cada parte de mi cuerpo, tanto físicas como mentales; pensar todo lo que tienes que hacer y cuál es la mejor manera para hacerlo. Por ejemplo, cambiar a Nora y subirla al cambiador me supone un esfuerzo demasiado grande porque tengo que hacer fuerza para subir doce kilos y después luchar con ella porque no le gusta. Esta actividad me supone un esfuerzo físico y mental, porque las luchas consumen mi paciencia. Probé en la cama y en el sofá, con un resultado parecido, aunque la fuerza de subirla es menor. Y un día se me ocurrió, ponerme a su altura, cogí la colchoneta del cambiador y la puse en el suelo. Mano de santo. Sin llorar, sin patalear, sin tener que hacer fuerza, solo tengo que poner todo el chiringuito y ella ya se tumba. Sé que no es lo más ortodoxo, pero nos da igual, nos funciona a las dos. Invierto menos energía agachándome y levantándome, que toreando la escena del cambiador.
  2. Descansar regularmente: buscar momentos para descansar varias veces al cabo del día. Descansar no siempre implica dormir, a veces, con sentarme en el sofá tranquilamente es suficiente. Por ejemplo, aprovecho estos momentos para dar el biberón, dormir a Saúl o jugar con Nora mientras me recubre de juguetes. Y por supuesto, todos los días me echo una siesta para recuperar parte de la energía y sueño que necesito para hacer frente al resto del día y la noche.
  3. Planificar, priorizar y no empacharte a realizar tareas: hago lo que mi cuerpo me pide. Si hay días que estoy cansada no hago recados, ni ningún tipo de tarea más que lo imprescindible. Por el contrario, si me encuentro estupendamente tampoco aprovecho ese día para hacer todo lo que tengo pendiente por hacer. Para eso tengo dos reglas: hacer un recado al día y hacer una tarea en casa que suponga un esfuerzo físico o mental. Por ejemplo, si tengo que tender, no voy a la frutería, puedo intentar escribir una entrada en el blog pero no tiendo. El resto, lo haré otro día, o mi marido por la tarde.
  4. No estresarme: evitar cualquier tipo de situación de estrés. Por ejemplo, prefiero levantarme antes para preparar a Nora para ir al colegio que hacerlo deprisa y acabar como una moto. Esos momentos siempre me pasan factura, y solo serían las nueve de la mañana.
  5. Manter la calma: llenarte de paciencia y relativizar. Si cuando me diagnosticaron esclerosis múltiple, cultivé la paciencia, con la maternidad, se ha convertido en casi infinita, por todos esos momentos en los que la perdería para un segundo después, darme cuenta que no merece la pena.
  6. Tener un plan B siempre: no todos los días sale las cosas como una quiere. Parece inverosímil que haciendo prácticamente lo mismo todos los días, nunca salga de la misma forma y siempre ocurra algún imprevisto. Por eso, para cumplir con los dos puntos anteriores -no estresarme y mantener la calma-, siempre procuro tener un plan alternativo que me permita seguir con algún pequeño cambio. Por ejemplo, para cuando se levanta Nora, Saúl casi todos los días está dormido y preparado en el cochecito para cuando tengamos que salir a la calle. Pero y si no se duerme, ¿qué hago? Por el momento, meterle en el fular, porque sé que en lo que tarda en desayunar Nora, ya se ha dormido. Pero aún así, también tengo preparadas otras opciones, como no podría tenerlo mucho tiempo en brazos, en cada  estancia por la que pasamos, tengo preparado algún lugar específico donde poder dejarle: hamaca, carrito, cuna, … De esta manera, no tengo que pensar cómo hacerlo, porque ya me he anticipado en pensar otra solución.
  7. Hasta que no termines una tarea, no empieces otra: cada vez que empiezo varias tareas a la vez, empieza el caos, el nerviosismo y las prisas por acabar cuanto antes. Así que si empiezo algo, procuro terminarlo, y cuando lo haga, empiezo por la siguiente. Por ejemplo, por las mañanas Nora tarda media hora en decidir cuando empezar a desayunar, y cinco minutos en tomarse el desayuno. Ese tiempo podría dedicarle a otra cosa, como vestirla, pero volveríamos a la casilla de salida y seguramente me pondría aún más nerviosa porque tendría que desayunar, estaría medio vestida y probablemente se mancharía y acabaríamos llegando tarde al colegio, y yo de los nervios, claro.

Y así con todo, buscar una manera de hacerlo, probar y probar hasta encontrar la manera que más me conviene de acuerdo a mis circunstancias. No os voy a mentir, al principio, mientras estaba pensando como encajar todas las piezas, me asusté y creí que no iba a ser capaz, después me tranquilicé al comprobar que no estaba siendo apocalíptico, hay que organizarse mucho, mucho. Es una época de muchos cambios y aprendizaje continuo, pero también sale todo más rodado que la primera vez, con más experiencia, más segura y con menos miedos.

One Reply to “Cómo sobrevivir a la bimaternidad con esclerosis múltiple”

  1. Cristina says: 09/04/2018 at 17:34

    Por supuesto, enhorabuena. Eres una campeona, admirable.

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