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Para invertir mi energía en hacer algo, probablemente tenga que dejar de hacer otra cosa. No tengo la suficiente para hacer todo lo que me gustaría hacer. Tengo que pensar qué hacer. Qué dejar. Qué es indispensable. Qué no. Priorizar. Organizarme. Descansar.

Seguramente no debería pensarlo, pero lo hago. Lo asumo porque tiene que ser así, pero estas líneas servirán para lo que son, para desahogarme. De lo que dejas sin hacer siempre te acuerdas, y lo que has hecho por muy importante que sea para todos, en tu cabeza pasa más desapercibido que el resto, como si no tuviese tanta importancia, porque tu querías hacer lo otro, pero lo que has hecho, había que hacerlo. A veces, cuesta asimilar y aceptar ese menjunje entre lo que haces, lo que tienes que hacer y lo que te gustaría.

Por las tardes después de comer me hecho una siesta, suelo estar bastante cansada y recupero un poco de energía, pero me suelo dedicar a tareas más livianas que puedo hacer sentada y que no necesitan demasiada atención o un gasto grande de energía. Mi marido se va al parque con Nora. Allí se reúnen un montón de niños como ella, con sus padres, juegan, hablan y comentan un montón de anécdotas. Yo no voy. Me quedo en casa, sabiendo que probablemente lo que vaya a hacer es más importante para mí -como descansar-, o para el desarrollo hogareño de la familia, pero me encantaría ir y estar allí.

Cuando llegan a casa, me siento en las escaleras y me cuentan lo que han hecho, sus logros en el parque, la interacción con los otros niños y demás historietas. Les conozco a todos por nombre. A mí solo me conocen con los que coincido en la entrada y salida del colegio. A veces, me encuentro con madres y padres por la calle, que saludan a Nora y yo me quedo pensando quién será de todas las personas que me cuenta mi marido.

Esta situación me está costando digerirla, sé que por una u otra razón acabaré conociendo a todos, pero me apetecía vivir esos primeros momentos. Y me los estoy perdiendo, por descansar, por estar bien al día siguiente. Y también sé que otras personas, mi marido, por ejemplo, se ha perdido muchas situaciones que han sucedido en este primer curso de colegio, pero a él no le cuesta, lo tiene más asumido, ni lo piensa, ni se plantea estos sentimientos. Yo sí, lo pienso, lo rumio en mi cabeza y lo tengo que aceptar. Para mí no es tan fácil, me fastidia soberanamente perderme algo cuando se trata de la esclerosis múltiple. Lo acepto, a regañadientes, lo intento aceptar. No me enfado, ya no. Pero me cuesta. Me gustaría estar allí y no en casa.

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