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No voy a idealizar la maternidad, es bonita, dura y vives un reto cada día. Hay días buenos, y sigue habiendo días malos, muy malos. Lo que si me ha cambiado es la forma de pensar, mis costumbres y cómo afronto el día con la energía que tengo. Tuve un embarazo que pausó la enfermedad, un postparto sin brotes y un cambio de tratamiento que en principio está funcionando, pero los síntomas y secuelas siguen existiendo, días en los que la fatiga me invade, me encuentro mal y en los que antes me permitía descansar durante todo el tiempo -excepto si tenía que trabajar- y que ahora, me acompaña un bebé de trece meses al que cuidar.

Flickr/Cristina Mª Granados Roas

Esos días siguen siendo los peores, eso no cambia, pero se llevan de distinta manera. Antes ese cansancio desataba una serie de sentimientos de negatividad y tristeza, ahora no, ahora ni siquiera me da tiempo de pararme a pensar aunque estoy más apagada y mis movimientos son más lentos y pesados. Entretanto desayunamos, nos quedamos en casa jugando y me voy preparando en pequeñas fases hasta que llega la hora de irme a trabajar. Otras veces -especialmente si no tengo que ir a trabajar- me animo a salir de casa -antes ni lo hacía-, damos un pequeño paseo, vamos al parque o compramos el pan.

Durante esos días lo que más me cuesta es el esfuerzo físico -como es lógico-, especialmente cogerla en brazos en los pequeños recorridos que hacemos dentro de casa, a veces, puedo evitarlo, si vamos practicando sus pasitos -cada día progresamos más- pero depende más de ella que de mí.

El peor momento son las noches. Llegar de trabajar, más cansada que cuando me fui, cabreada por sentirme así o porque he tenido un mal día, ducharme, cenar, pincharme en los días que toca y lo que más deseo es meterme a la cama, descansar y que tengamos una feliz noche. Siempre son estos instantes en los que maldigo trabajar y el horario español tan tardío que llevamos. Al día siguiente, generalmente me despierto de mejor humor -ver la sonrisa de Nora al despertarse anima a cualquiera-, a veces con más energía que el día anterior y vuelta a empezar.

Lo que más me ha sorprendido de esta aventura es la calma que siempre mantengo, es alucinante la tranquilidad con la que me tomo la maternidad -yo que soy puro nervio- pero con ella me salen los sentimientos de paz y paciencia.

Y así, van pasando los días.

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