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Tag: hijos

La maternidad es maravillosa, bonita y tremendamente cansada. Mis hijos se han conviertido en el motor de mis días, son esa fuerza que necesito todas las mañanas, para levantarme con ganas. Pero también tiene sus sombras: momentos de soledad, de mucho sueño y esa sensación de que no puedes más y que tu cuerpo se va a rendir.

Han pasado casi seis meses del nacimiento de mi segundo hijo, he disfrutado mucho más la maternidad, con menos miedo y con la seguridad de saber lo que hay que hacer. Nos ha costado conocernos pero en general, todo ha ido más rodado, sabes lo que te esperas y eres más consciente de que son etapas, y que, tarde o temprano, acaban pasando. Pero también ha sido tremendamente agotador.

El primer mes con mi marido fue muy bonito, estábamos los dos y podíamos compartir la crianza. Pero después, llegó la soledad de una madre y un posparto, una época que ha sido mucho más complicada.

Estaba muy mentalizada de que no iba a poder con todo, que no podía atender a los dos a la vez y que la organización y paciencia iban a ser fundamentales hasta que estuviésemos los dos en casa. Con la bimaternidad te cansas más y duermes mucho menos. Con uno, dormía cuando el bebé lo hacía, con dos, probablemente, cuando uno esté dormido, tienes que atender al otro, o comer, o ducharte, o dedicarte unos minutos, o lo que sea, porque casi siempre hay algo que hacer.

En mi anterior posparto me culpabilizé por la lactancia artificial, pero en esta ocasión, mi agobio ha tirado más por el esfuerzo físico. En mi primer embarazo tenía miedo por encontrar dificultades para coger en brazos al bebé, pues se ha hecho realidad ahora, con el segundo. El fular y la mecedora han sido mi salvación, pero mientras conseguía calmarle con mis métodos, también me di cuenta, que tardaba más que los demás. Así que, aunque acababa solventando la situación, siempre me ha dolido no poder darle lo mejor de mí, por las limitaciones que pueda tener.

Este sentimiento, esa culpa, es lo que más me ha acompañado estos meses con los dos. Cuando no puedes hacer las cosas como tenías pensado -generalmente como lo haría todo el mundo- y tienes que cambiar la forma de llevarlas a cabo, o cuando simplemente no puedes más y necesitas tus momentos de sofá en vez de ir al parque, es lo que más me está costando de la maternidad, lo más difícil de gestionar. Esa soledad en casa del paciente crónico es horriblemente cruel.

Físicamente me encuentro muy cansada. Ahora es cuando estamos durmiendo más o menos bien, y poco a poco mi cuerpo se va recuperando, aunque este calor lo está retrasando y hay días que me da la sensación que volvemos a empezar. Tengo hormiguitas por la espalda y brazos, de esas que van y vienen, como los vértigos o visión borrosa. En más de una ocasión, he pensado que me estaba dando un brote, pero todos los síntomas acababan volviendo a lo de siempre, aunque sí que siguen más activos que antes.

Tengo grabada en la memoria esta frase: “Soy la mejor madre que puedo ser, no soy perfecta, hago lo que puedo, cometo errores pero intento mejorar”. Los días son pura supervivencia, pero también se han convertido en oportunidades para acompañar y aprender, mi fortaleza falla cuando la esclerosis múltiple está presente de alguna manera: limitaciones, secuelas, síntomas, descansos, …

En menos de dos meses finaliza esta etapa, y comienza otra, que me da auténtico pavor, la de volver a trabajar. Con los cambios suelo pensar que va a ser el Apocalipsis, que no voy a poder, que voy a estar muy cansada, que me voy a encontrar mal y que me va a dar un brote, y al final, no sé cómo lo hago, pero de alguna manera me acabo apañando y siguiendo adelante.