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Categoría: maternidad

Cuando hablé con mis alumnos sobre la esclerosis múltiple, una de sus preguntas fue si lo sabían mis hijos. Les contesté que el pequeñín (1 año) era muy pequeño para enterarse todavía, y que la mayor (3 años), sabía que mamá tenía que ponerse una medicación para estar bien, que a veces, me encontraba mal y tenía que descansar, y que tenía una enfermedad, pero que no está enferma como cuando ella no puede ir al colegio.

¿Quién está preparado como madre o padre para tratar una enfermedad con sus hijos?

Yo no lo estaba, ni era tan consciente que educar es lo más difícil que voy a hacer en mi vida. Quiero ser la mejor madre que podrían tener, pero el camino no es fácil, nadie me ha enseñado, voy probando, investigando y leyendo libros que me ayudan a mejorar. Poca gene habla de la forma de abordar la enfermedad de los progenitores con los hijos, creo que es un tema complicado de tratar, aunque más para nosotros, que para ellos.

El pensamiento de un niño es algo maravilloso, por su simplicidad, franqueza y espontaneidad, pero siendo tan pequeños, todavía no son conscientes de la magnitud, ni de los matices, ni de los muchos aspectos que supone convivir con una enfermedad crónica.

Cuando me escondía para pincharme

Hace un par de años, recuerdo que me escondía en el baño para pincharme, mientras mi hija aporreaba la puerta llorando que quería entrar. A mí me partía el corazón esa situación. Creí que iba a ser lo mejor, porque así estaría tranquila, sin despistes y sin accidentes de ningún tipo durante “ese momento pinchazo”. Pero sabía que no estaba actuando como me gustaría.

Lo hablé con una amiga diagnosticada de esclerosis múltiple, también madre de una niña pequeña, y a su vez, hija de una madre con esclerosis múltiple. Tuvimos una charla preciosa sobre su cómo vivió la enfermedad de su madre, que me hizo reflexionar.

Pase lo que pase, quiero que lo pasemos juntos, en familia

Después de esas situaciones absurdas, tomé la decisión de tratar la enfermedad con total sinceridad y naturalidad, tal y como lo hago habitualmente en mi vida, ¿si no lo hago con el resto, por qué lo iba a hacer con ellos?

No quiero ocultarles información: mamá va al médico, mamá no puede llevarte al colegio porque tiene que ir a sacarse sangre para que los médicos vean si todo está bien, … Además, me gustaría transmitirles valores como la empatía, solidaridad y la valentía y fuerza de seguir hacia delante a pesar de los obstáculos.

Mamá, ¿por qué te pinchas en la barriga?

Un día abrí la puerta del baño, y desde entonces, la curiosidad de una niña de tres años se despertó: ¿qué es eso?, ¿para qué es?, yo también quiero, ¿mamá ya está?, ¿y yo?, ¿por qué te coges la tripa?, ¿por qué… ?

Reconozco que algunas preguntas han sido complicadas de contestar y a veces, la situación me ha parecido un poco dura, otra vez más para mí que para ella, que lo vive con una normalidad y sencillez abrumadora. Pero he ido contestando a todas sus ocurrencias:

  • Este aparato se llama inyector, porque mamá se tiene que poner un medicamento para estar bien.
  • No cariño, a ti no te lo puedo poner porque no tienes la enfermedad de mamá y además, el médico no te lo ha dicho.
  • Me cojo un trozo de tripa para ponerme la inyección porque hay que hacerlo como me contó la enfermera.
  • Cuando la parte blanca se pone roja, es que ya ha terminado.

Al principio, se quedaba quieta a mi lado mientras veía todo el proceso, con el paso del tiempo, su compañía se ha ido distanciando en el tiempo. Supongo que las primeras veces, le resultaría muy interesante, pero al repetirse el proceso una y otra vez, ha empezado verlo como algo habitual. Obviamente también me imita, cuando juega con su kit médico, se pone una inyección, o me la pone a mí o a su hermano, o a sus muñecos, de la misma manera que lo hago yo. Se sonríe, me mira y me dice “como mamá”.

De los demás aspectos que supone la convivencia con el esclerosis múltiple, sabe que tengo que ir al médico, que a veces no me encuentro bien y me quedo en casa descansando, que no puedo cogerla en brazos, y situaciones del estilo, que pasan más desapercibidas. Pero por el momento, es todo más natural, más normalizado y todo fluye.

La maternidad es maravillosa, bonita y tremendamente cansada. Mis hijos se han conviertido en el motor de mis días, son esa fuerza que necesito todas las mañanas, para levantarme con ganas. Pero también tiene sus sombras: momentos de soledad, de mucho sueño y esa sensación de que no puedes más y que tu cuerpo se va a rendir.

Han pasado casi seis meses del nacimiento de mi segundo hijo, he disfrutado mucho más la maternidad, con menos miedo y con la seguridad de saber lo que hay que hacer. Nos ha costado conocernos pero en general, todo ha ido más rodado, sabes lo que te esperas y eres más consciente de que son etapas, y que, tarde o temprano, acaban pasando. Pero también ha sido tremendamente agotador.

El primer mes con mi marido fue muy bonito, estábamos los dos y podíamos compartir la crianza. Pero después, llegó la soledad de una madre y un posparto, una época que ha sido mucho más complicada.

Estaba muy mentalizada de que no iba a poder con todo, que no podía atender a los dos a la vez y que la organización y paciencia iban a ser fundamentales hasta que estuviésemos los dos en casa. Con la bimaternidad te cansas más y duermes mucho menos. Con uno, dormía cuando el bebé lo hacía, con dos, probablemente, cuando uno esté dormido, tienes que atender al otro, o comer, o ducharte, o dedicarte unos minutos, o lo que sea, porque casi siempre hay algo que hacer.

En mi anterior posparto me culpabilizé por la lactancia artificial, pero en esta ocasión, mi agobio ha tirado más por el esfuerzo físico. En mi primer embarazo tenía miedo por encontrar dificultades para coger en brazos al bebé, pues se ha hecho realidad ahora, con el segundo. El fular y la mecedora han sido mi salvación, pero mientras conseguía calmarle con mis métodos, también me di cuenta, que tardaba más que los demás. Así que, aunque acababa solventando la situación, siempre me ha dolido no poder darle lo mejor de mí, por las limitaciones que pueda tener.

Este sentimiento, esa culpa, es lo que más me ha acompañado estos meses con los dos. Cuando no puedes hacer las cosas como tenías pensado -generalmente como lo haría todo el mundo- y tienes que cambiar la forma de llevarlas a cabo, o cuando simplemente no puedes más y necesitas tus momentos de sofá en vez de ir al parque, es lo que más me está costando de la maternidad, lo más difícil de gestionar. Esa soledad en casa del paciente crónico es horriblemente cruel.

Físicamente me encuentro muy cansada. Ahora es cuando estamos durmiendo más o menos bien, y poco a poco mi cuerpo se va recuperando, aunque este calor lo está retrasando y hay días que me da la sensación que volvemos a empezar. Tengo hormiguitas por la espalda y brazos, de esas que van y vienen, como los vértigos o visión borrosa. En más de una ocasión, he pensado que me estaba dando un brote, pero todos los síntomas acababan volviendo a lo de siempre, aunque sí que siguen más activos que antes.

Tengo grabada en la memoria esta frase: “Soy la mejor madre que puedo ser, no soy perfecta, hago lo que puedo, cometo errores pero intento mejorar”. Los días son pura supervivencia, pero también se han convertido en oportunidades para acompañar y aprender, mi fortaleza falla cuando la esclerosis múltiple está presente de alguna manera: limitaciones, secuelas, síntomas, descansos, …

En menos de dos meses finaliza esta etapa, y comienza otra, que me da auténtico pavor, la de volver a trabajar. Con los cambios suelo pensar que va a ser el Apocalipsis, que no voy a poder, que voy a estar muy cansada, que me voy a encontrar mal y que me va a dar un brote, y al final, no sé cómo lo hago, pero de alguna manera me acabo apañando y siguiendo adelante.

Querida Paula,

Soy tu culpa, te escribo para intentar despedirme.  Sí, soy esa que te acecha y vive encima de ti, ¡cuántas cosas hemos vivido juntas!

Vamos a retroceder hasta los primeros momentos del diagnóstico, ¿te acuerdas?, cuando me llamaste porque de repente tenías una enfermedad y tu ritmo había cambiado, tus prioridades o hasta la forma de divertirte, te sentías mal porque de alguna manera, tu vida se había reseteado provocándote un sin fin de sentimientos culpables: por encontrarte mal, por querer y no poder, … ¡hasta me dedicaste un post!

Aunque lo del diagnóstico estuvo muy bien -para mí, claro-, mi primera entrada estelar fue cuando tus amigas te dejaron de lado. Yo sé que te creíste eso de las amigas para siempre, que iban a estar todo el tiempo a tu lado pasase lo que pasase y todas esas frases típicas de amistad. Después lo que ocurrió fue lo opuesto a lo que creías que iba a ocurrir. ¡Qué ilusa fuiste! Llegaste a pensar que el problema lo tenías tu, y te machacaste una y otra vez por eso. Hombre, esta claro que no eras la mejor compañía por aquella época pero nadie te prepara para recibir una enfermedad, ni a reaccionar de la mejor manera, ni a seguir con tu vida como si nada hubiese pasado. Mira que me diste trabajo por aquella época, ¡no daba a basto! Pero lo superaste, con tiempo, esfuerzo y visitas a una psicóloga, hasta intentaste reconciliarte, ahí fue donde definitivamente te diste cuenta que el problema ya no era tuyo y te quitaste de encima una gran losa.

Pero sin duda, lo que más culpa te ha generado ha sido la maternidad. Comenzamos por la decisión de la lactancia artificial de tu primera hija, que si probabas con la lactancia materna, que si los estudios decían, que si el neurólogo te recomendaba, que si era el mejor alimento que le podías ofrecer, que si querías estar bien, … Menudo lío tenías en la cabeza, y cuando la pediatra te informó de que tu hija padecía una intolerancia a la proteína de la leche de vaca fue el summun. Ahí si que me montaste en una gran carroza con confeti y me paseaste por tu cabeza a todo trapo. He de reconocer que estoy orgullosa de que en esta segunda maternidad, no he aparecido por ese motivo. Te anticipaste en el embarazo, estabas preocupada pero lo trabajaste muy bien con la matrona desde el primer momento, y por el momento, lo estás superando.

Seguimos con la culpabilidad en la maternidad, algo que no caíste que iba a suceder. Con las ausencias, con las cosas que te estás perdiendo por descansar o que quieres hacer y no puedes, o si lo haces, después tienes que lidiar con consecuencias físicas, o sino, te sientes mal por no hacerlo. Nunca un disfraz de india trajo a tu vida tanta cola. Ahora te pasa una vez, pero en breve, ese sentimiento será doble, uno por cada hijo. Siempre demandarán algo que a ti te cueste, siempre, y sinceramente no sé si te llegarás a acostumbrar a ese sentimiento.

Así que yo, que soy tu culpa, te digo que te liberes, sé que tienes esa sensación de que puedes dar mucho más de ti y que lo puedes hacer mucho mejor, pero quiero que sepas que ya lo haces y que lo seguirás haciendo. No es malo pensar en ti, querer estar bien, tener tu pequeño espacio, desconectar de todo, porque cuando lo haces es cuando mejor estás, cuando más disfrutas de tu vida.

Reflexiona, analiza y reposa estas palabras.

Sin más que añadir, me despido, espero que definitivamente o por un largo tiempo.

Tu culpa.

Reconozco que la organización me encanta, disfruto pensando rutinas, probándolas y volviendo a reestructurarlas para mejorar. Las rutinas hacen que pueda hacer parte de lo que quiero hacer, obviamente menos de lo que me gustaría, pero hacen que me sienta activa, útil y me reconforta cuando me doy cuenta de lo que he hecho, por mínimo que sea. El estrés, el nerviosismo o enfadarme, me agotan y cansan más de lo que probablemente merece la situación, así que procuro evitarlos, respirar hondo y contar hasta mil si hace falta.

Estas semanas, con dos hijos y sola por las mañanas esa organización es fundamental e imprescindible para que todo vaya bien, incluso para que mi cuerpo responda de la mejor manera posible dentro de sus posibilidades. Siempre tengo una premisa en mente: “invierte energía en lo que realmente importa, sino, cambia la forma de hacerlo o no lo hagas”. Y eso es lo que he ido aprendiendo estos días:

  1. Conocer tus limitaciones: ser consciente precisamente de eso, de las limitaciones de cada parte de mi cuerpo, tanto físicas como mentales; pensar todo lo que tienes que hacer y cuál es la mejor manera para hacerlo. Por ejemplo, cambiar a Nora y subirla al cambiador me supone un esfuerzo demasiado grande porque tengo que hacer fuerza para subir doce kilos y después luchar con ella porque no le gusta. Esta actividad me supone un esfuerzo físico y mental, porque las luchas consumen mi paciencia. Probé en la cama y en el sofá, con un resultado parecido, aunque la fuerza de subirla es menor. Y un día se me ocurrió, ponerme a su altura, cogí la colchoneta del cambiador y la puse en el suelo. Mano de santo. Sin llorar, sin patalear, sin tener que hacer fuerza, solo tengo que poner todo el chiringuito y ella ya se tumba. Sé que no es lo más ortodoxo, pero nos da igual, nos funciona a las dos. Invierto menos energía agachándome y levantándome, que toreando la escena del cambiador.
  2. Descansar regularmente: buscar momentos para descansar varias veces al cabo del día. Descansar no siempre implica dormir, a veces, con sentarme en el sofá tranquilamente es suficiente. Por ejemplo, aprovecho estos momentos para dar el biberón, dormir a Saúl o jugar con Nora mientras me recubre de juguetes. Y por supuesto, todos los días me echo una siesta para recuperar parte de la energía y sueño que necesito para hacer frente al resto del día y la noche.
  3. Planificar, priorizar y no empacharte a realizar tareas: hago lo que mi cuerpo me pide. Si hay días que estoy cansada no hago recados, ni ningún tipo de tarea más que lo imprescindible. Por el contrario, si me encuentro estupendamente tampoco aprovecho ese día para hacer todo lo que tengo pendiente por hacer. Para eso tengo dos reglas: hacer un recado al día y hacer una tarea en casa que suponga un esfuerzo físico o mental. Por ejemplo, si tengo que tender, no voy a la frutería, puedo intentar escribir una entrada en el blog pero no tiendo. El resto, lo haré otro día, o mi marido por la tarde.
  4. No estresarme: evitar cualquier tipo de situación de estrés. Por ejemplo, prefiero levantarme antes para preparar a Nora para ir al colegio que hacerlo deprisa y acabar como una moto. Esos momentos siempre me pasan factura, y solo serían las nueve de la mañana.
  5. Manter la calma: llenarte de paciencia y relativizar. Si cuando me diagnosticaron esclerosis múltiple, cultivé la paciencia, con la maternidad, se ha convertido en casi infinita, por todos esos momentos en los que la perdería para un segundo después, darme cuenta que no merece la pena.
  6. Tener un plan B siempre: no todos los días sale las cosas como una quiere. Parece inverosímil que haciendo prácticamente lo mismo todos los días, nunca salga de la misma forma y siempre ocurra algún imprevisto. Por eso, para cumplir con los dos puntos anteriores -no estresarme y mantener la calma-, siempre procuro tener un plan alternativo que me permita seguir con algún pequeño cambio. Por ejemplo, para cuando se levanta Nora, Saúl casi todos los días está dormido y preparado en el cochecito para cuando tengamos que salir a la calle. Pero y si no se duerme, ¿qué hago? Por el momento, meterle en el fular, porque sé que en lo que tarda en desayunar Nora, ya se ha dormido. Pero aún así, también tengo preparadas otras opciones, como no podría tenerlo mucho tiempo en brazos, en cada  estancia por la que pasamos, tengo preparado algún lugar específico donde poder dejarle: hamaca, carrito, cuna, … De esta manera, no tengo que pensar cómo hacerlo, porque ya me he anticipado en pensar otra solución.
  7. Hasta que no termines una tarea, no empieces otra: cada vez que empiezo varias tareas a la vez, empieza el caos, el nerviosismo y las prisas por acabar cuanto antes. Así que si empiezo algo, procuro terminarlo, y cuando lo haga, empiezo por la siguiente. Por ejemplo, por las mañanas Nora tarda media hora en decidir cuando empezar a desayunar, y cinco minutos en tomarse el desayuno. Ese tiempo podría dedicarle a otra cosa, como vestirla, pero volveríamos a la casilla de salida y seguramente me pondría aún más nerviosa porque tendría que desayunar, estaría medio vestida y probablemente se mancharía y acabaríamos llegando tarde al colegio, y yo de los nervios, claro.

Y así con todo, buscar una manera de hacerlo, probar y probar hasta encontrar la manera que más me conviene de acuerdo a mis circunstancias. No os voy a mentir, al principio, mientras estaba pensando como encajar todas las piezas, me asusté y creí que no iba a ser capaz, después me tranquilicé al comprobar que no estaba siendo apocalíptico, hay que organizarse mucho, mucho. Es una época de muchos cambios y aprendizaje continuo, pero también sale todo más rodado que la primera vez, con más experiencia, más segura y con menos miedos.

Para invertir mi energía en hacer algo, probablemente tenga que dejar de hacer otra cosa. No tengo la suficiente para hacer todo lo que me gustaría hacer. Tengo que pensar qué hacer. Qué dejar. Qué es indispensable. Qué no. Priorizar. Organizarme. Descansar.

Seguramente no debería pensarlo, pero lo hago. Lo asumo porque tiene que ser así, pero estas líneas servirán para lo que son, para desahogarme. De lo que dejas sin hacer siempre te acuerdas, y lo que has hecho por muy importante que sea para todos, en tu cabeza pasa más desapercibido que el resto, como si no tuviese tanta importancia, porque tu querías hacer lo otro, pero lo que has hecho, había que hacerlo. A veces, cuesta asimilar y aceptar ese menjunje entre lo que haces, lo que tienes que hacer y lo que te gustaría.

Por las tardes después de comer me hecho una siesta, suelo estar bastante cansada y recupero un poco de energía, pero me suelo dedicar a tareas más livianas que puedo hacer sentada y que no necesitan demasiada atención o un gasto grande de energía. Mi marido se va al parque con Nora. Allí se reúnen un montón de niños como ella, con sus padres, juegan, hablan y comentan un montón de anécdotas. Yo no voy. Me quedo en casa, sabiendo que probablemente lo que vaya a hacer es más importante para mí -como descansar-, o para el desarrollo hogareño de la familia, pero me encantaría ir y estar allí.

Cuando llegan a casa, me siento en las escaleras y me cuentan lo que han hecho, sus logros en el parque, la interacción con los otros niños y demás historietas. Les conozco a todos por nombre. A mí solo me conocen con los que coincido en la entrada y salida del colegio. A veces, me encuentro con madres y padres por la calle, que saludan a Nora y yo me quedo pensando quién será de todas las personas que me cuenta mi marido.

Esta situación me está costando digerirla, sé que por una u otra razón acabaré conociendo a todos, pero me apetecía vivir esos primeros momentos. Y me los estoy perdiendo, por descansar, por estar bien al día siguiente. Y también sé que otras personas, mi marido, por ejemplo, se ha perdido muchas situaciones que han sucedido en este primer curso de colegio, pero a él no le cuesta, lo tiene más asumido, ni lo piensa, ni se plantea estos sentimientos. Yo sí, lo pienso, lo rumio en mi cabeza y lo tengo que aceptar. Para mí no es tan fácil, me fastidia soberanamente perderme algo cuando se trata de la esclerosis múltiple. Lo acepto, a regañadientes, lo intento aceptar. No me enfado, ya no. Pero me cuesta. Me gustaría estar allí y no en casa.

No voy a idealizar la maternidad, es bonita, dura y vives un reto cada día. Hay días buenos, y sigue habiendo días malos, muy malos. Lo que si me ha cambiado es la forma de pensar, mis costumbres y cómo afronto el día con la energía que tengo. Tuve un embarazo que pausó la enfermedad, un postparto sin brotes y un cambio de tratamiento que en principio está funcionando, pero los síntomas y secuelas siguen existiendo, días en los que la fatiga me invade, me encuentro mal y en los que antes me permitía descansar durante todo el tiempo -excepto si tenía que trabajar- y que ahora, me acompaña un bebé de trece meses al que cuidar.

Flickr/Cristina Mª Granados Roas

Esos días siguen siendo los peores, eso no cambia, pero se llevan de distinta manera. Antes ese cansancio desataba una serie de sentimientos de negatividad y tristeza, ahora no, ahora ni siquiera me da tiempo de pararme a pensar aunque estoy más apagada y mis movimientos son más lentos y pesados. Entretanto desayunamos, nos quedamos en casa jugando y me voy preparando en pequeñas fases hasta que llega la hora de irme a trabajar. Otras veces -especialmente si no tengo que ir a trabajar- me animo a salir de casa -antes ni lo hacía-, damos un pequeño paseo, vamos al parque o compramos el pan.

Durante esos días lo que más me cuesta es el esfuerzo físico -como es lógico-, especialmente cogerla en brazos en los pequeños recorridos que hacemos dentro de casa, a veces, puedo evitarlo, si vamos practicando sus pasitos -cada día progresamos más- pero depende más de ella que de mí.

El peor momento son las noches. Llegar de trabajar, más cansada que cuando me fui, cabreada por sentirme así o porque he tenido un mal día, ducharme, cenar, pincharme en los días que toca y lo que más deseo es meterme a la cama, descansar y que tengamos una feliz noche. Siempre son estos instantes en los que maldigo trabajar y el horario español tan tardío que llevamos. Al día siguiente, generalmente me despierto de mejor humor -ver la sonrisa de Nora al despertarse anima a cualquiera-, a veces con más energía que el día anterior y vuelta a empezar.

Lo que más me ha sorprendido de esta aventura es la calma que siempre mantengo, es alucinante la tranquilidad con la que me tomo la maternidad -yo que soy puro nervio- pero con ella me salen los sentimientos de paz y paciencia.

Y así, van pasando los días.

Se acabaron las vacaciones, vuelta a trabajar y  vuelta a la rutina. Adiós al calor y un saludo a los nuevos horarios. Aunque tardaré varias semanas en acostumbrarme al nuevo horario de este año, una vez que estoy en él, con los ajustes necesarios y un poco más de frío, me hacen sentir mucho mejor que el descontrol que he llevado durante estos meses veraniegos.

Como cada curso, siempre me propongo como objetivo pasar un año libre de brotes y sin pasarme de la raya, como h e hecho otras veces. Estoy metalizada que el trabajo no lo es todo, primero está mi salud, luego el resto y por último el trabajo. Aunque hasta ahora es una premisa que no he llevado a cabo al cien por cien, quizá por Nora me haga replantearme ciertas acciones pasadas que he hecho a favor del trabajo, que el tiempo y sus consecuencias me han acabado diciendo que eran equivocadas. En este tema, me cuesta mucho aprender y no volver a cometer los mismos errores.

También voy a intentar estar más tranquila, calmada, pausada y continuar llenando mi saco de paciencia. Es probable que si me queda tiempo durante el día intente hacer algún ejercicio sencillo de meditación, como siempre, agradecería alguna recomendación, sobre todo que sea sencillo. Además, según me vaya adaptando al nuevo horario, volveré a hacer deporte y a los largos paseos con Nora que tanto echo de menos.

Con Nora, nos arreglamos como en el curso pasado, cuando no esté conmigo, estará con su padre. Estoy deseosa por empezar, pero a la vez tengo miedo de la reacción de mi cuerpo durante estos meses. Veremos qué tal se me dan los malabarismos para llegar a lo máximo posible.

Hace unos días, me pasaron un artículo escrito por varios neurólogos titulado Esclerosis múltiple, maternidad y cuestiones relacionadas con el género“. Probablemente sea uno de los documentos más completos que he leído, es decir, analiza casi todas las cuestiones que nos solemos plantear cuando decidimos que queremos ser madre.

A lo largo de estos meses, muchas mujeres me han preguntado sobre situaciones que se podían producir durante el embarazo y que, la mayoría no sabía contestar porque nuestras situaciones no coincidían -no soy médico-, y tampoco tenía una fuente fiable para recomendar su lectura, más que decirles que lo mejor es que consulten con su neurólogo.

Ahora bien, creo que la maternidad se sigue tratando como un tema tabú, cuando debería llevarse con planificación, naturalidad, apoyo e información actualizada. Antes de quedarme embarazada, me informé mucho sobre el embarazo en mujeres con múltiple, muchas de las premisas habituales conocidos por todos no las terminaba de asimilar, me ponía en lo peor y pensaba que seguro que algo que me iba a pasar. Pero todo fue bien, mejor de lo hubiese imaginado, y sigue bastante bien.

¿Cuánto tiempo de limpieza necesito si estoy tomando X tratamiento y me quiero quedar embarazada? ¿Tengo que volver al tratamiento después del parto? ¿Puedo dar lactancia materna? ¿Mis hijos pueden heredar la enfermedad? Estas son algunas de las preguntas más habituales que me habéis hecho, y en el artículo tenéis toda la información necesaria.

A modo de resumen, me gustaría resaltar algunos temas que se han comentado en otras entradas de este blog, pero podéis encontrar todos los detalles en el documento.

Los tratamientos farmacológicos para la EM deberían evitarse en la medida de lo posible durante el embarazo. […]

Lo recomendado en todos los casos es atenerse a las indicaciones de la ficha técnica de cada medicamento, la mayoría de ellos restringidos durante el embarazo. En los casos excepcionales en los que se decida mantener el tratamiento durante el embarazo, se recomienda solicitarlo off label y con el consentimiento informado de la paciente. […]

Cuando se plantea el tema de la gestación, se recomienda que la paciente se encuentre en una situación de estabilidad de la enfermedad. […]

La técnica que se requiera durante el parto es una decisión obstétrica. […]

Dado que los tratamientos modificadores de la enfermedad podrían pasar a la lecha materna, normalmente se aplazan durante la lactancia. […]